
El 2,9% de inflación en enero volvió a encender luces amarillas en el equipo económico. No solo por el número en sí, sino por la tendencia: fue el octavo mes consecutivo de suba y casi duplicó el piso de 1,5% que se había registrado a mediados de 2025. El proceso de desinflación dejó de ser lineal y obligó a recalibrar la fase 4 del programa monetario.
Ajuste monetario para frenar precios
La estrategia oficial priorizó frenar la inercia inflacionaria antes que acelerar la recuperación. El Banco Central viene comprando divisas en el mercado —cerca de USD 2.000 millones en lo que va del año—, aprovechando una mayor oferta tras colocaciones de deuda provinciales y corporativas y una menor demanda privada.
Pero esa compra de dólares implicó emitir pesos. Para evitar que esa expansión presione sobre los precios, el Tesoro absorbió liquidez con fuerza: en la última licitación refinanció más del 120% de los vencimientos y retiró billones de pesos del mercado. En los hechos, la “remonetización” prevista para esta etapa quedó postergada.
El resultado inmediato fue un dólar mayorista que perforó los $1.400 y una caída significativa en el minorista.
Dólar barato y economía más cara en moneda dura
La combinación de inflación mensual cercana al 3% y un tipo de cambio estable o en baja genera apreciación cambiaria. El tipo de cambio real ya recuperó parte del atraso: la economía volvió a encarecerse en dólares.
Sectores como la construcción y el turismo receptivo sienten el impacto. Los costos suben, pero los precios en dólares no acompañan. Si la tendencia continúa, podría diluirse buena parte de la mejora de competitividad lograda en el segundo semestre de 2025.
A la vez, los salarios aún no recuperan poder adquisitivo respecto de 2023 y el aumento en servicios públicos recorta margen para el consumo masivo. El rubro alimentos volvió a mostrar presión, afectando especialmente a los ingresos medios y bajos.
Crecimiento en suspenso
El mercado empezó a ajustar sus proyecciones para 2026: más inflación que la prevista meses atrás y un crecimiento más moderado. La apuesta oficial es que la cosecha gruesa —entre abril y junio— aporte divisas y dinamismo sectorial, funcionando como puente hasta una recuperación más sólida.
Mientras tanto, la actividad muestra señales de meseta.
Reforma laboral: el espejo de Brasil
El Gobierno celebró la media sanción de la modernización laboral, que prioriza acuerdos por empresa sobre convenios colectivos y busca reducir litigiosidad.
El modelo de referencia es la reforma impulsada en 2017 por Michel Temer en Brasil, donde el empleo formal creció en los años siguientes en un contexto de expansión económica.
En Argentina, el éxito dependerá de dos variables centrales:
- Reducción de la litigiosidad laboral
Si se logra bajar la llamada “industria del juicio”, disminuirán costos empresariales y previsibilidad jurídica. - Generación genuina de empleo formal
Las nuevas normas deberán demostrar que incentivan contrataciones y no solo abaratan despidos o reducen indemnizaciones.
Sin crecimiento sostenido, ninguna reforma laboral puede mostrar resultados duraderos.
¿Se viene más flexibilización cambiaria?
Tras reuniones en Olivos entre el presidente, el ministro de Economía y el titular del BCRA, crecieron rumores de una mayor apertura para empresas: eliminación de restricciones cruzadas entre mercado oficial y financiero y pasos graduales hacia una salida del cepo.
La lógica oficial es clara: un mercado cambiario más libre podría atraer inversiones y eventualmente devolver al país a la categoría de mercado emergente. Pero ese movimiento exige una condición básica: consolidar primero la baja de la inflación.
La ecuación delicada
El Gobierno enfrenta una tensión clásica:
- Más pesos y más crédito pueden acelerar la actividad.
- Pero si la demanda de dinero es baja, pueden reavivar la inflación.
Por ahora, la prioridad es estabilizar precios, aun a costa de postergar la recuperación plena. El éxito de la fase 4 dependerá de equilibrar tres variables sensibles: inflación, tipo de cambio y nivel de actividad.



