Cuando el racismo se convierte en una etiqueta contra la Argentina

Del combate al racismo a la estigmatización de un país
Hay una diferencia sustancial entre condenar un hecho de racismo y condenar a una nación. Esa frontera, que durante años pareció evidente, comenzó a desdibujarse cuando la Selección Argentina se transformó en el equipo dominante del fútbol mundial. Desde la obtención del Mundial de Qatar, la Copa América y, más recientemente, tras la final del Mundial 2026, una parte importante de la prensa internacional dejó de analizar exclusivamente el comportamiento de algunos futbolistas o hinchas para comenzar a instalar una idea mucho más ambiciosa: que la Argentina, como país, representa un caso paradigmático de racismo.
Los antecedentes existen y sería irresponsable ignorarlos. Los cantos discriminatorios contra jugadores franceses durante los festejos de la Copa América 2024 provocaron la denuncia de la Federación Francesa de Fútbol y un fuerte debate internacional. Aquellos hechos fueron repudiables y correspondía condenarlos. Pero a partir de allí comenzó un proceso diferente: numerosos artículos y comentarios dejaron de cuestionar un episodio concreto para convertirlo en una explicación sobre la identidad argentina.
La derrota frente a España en la final del Mundial volvió a poner en marcha ese mecanismo. El actor estadounidense Samuel L. Jackson compartió un mensaje afirmando que la Argentina era “uno de los países más racistas del mundo”. Paralelamente, The Guardian publicó una columna sosteniendo que muchos afroamericanos deseaban la derrota argentina porque el seleccionado había quedado asociado a esos episodios. Ya no se discutía un comportamiento puntual; se estaba construyendo una caracterización de un país.
La pregunta entonces resulta inevitable. ¿Aplicaría el mundo el mismo criterio para juzgar a otras naciones? Estados Unidos convive desde hace décadas con gravísimos conflictos raciales. Francia enfrenta periódicamente episodios de violencia vinculados a la discriminación. España e Italia sancionan todos los años hechos racistas en sus estadios. Sin embargo, nadie define a esos países exclusivamente por esas conductas. Con la Argentina pareciera operar una lógica diferente.
Y aquí aparece la dimensión política del problema. Javier Milei ha demostrado que no elude las batallas discursivas. Sin embargo, frente a una narrativa que comenzó a deteriorar la reputación internacional de la Argentina, el Gobierno eligió una estrategia de bajo perfil. Puede sostenerse que buscó no amplificar la polémica. Pero también es legítimo preguntarse si el silencio era la mejor respuesta cuando lo que estaba en discusión era la imagen del país.
La Argentina no necesita negar sus errores. Necesita corregirlos. Pero tampoco debe aceptar que se la convierta en el acusado perfecto cada vez que el mundo necesita un ejemplo de intolerancia. El desafío del Gobierno no era elegir entre condenar el racismo o defender a la Argentina. El verdadero desafío era hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Por Andrés Vallone – Consultor y Analista Político

