Opinión por Andrés Vallone

Europa protesta, Argentina resiste: ¿hasta cuándo aguanta una sociedad que ya no se siente representada?

COLUMNA DE OPINIÓN | POLÍTICA INTERNACIONAL

Andrés Vallone | Consultor y analista político

Las protestas que atraviesan distintas sociedades europeas merecen una lectura que vaya más allá de las imágenes de manifestantes enfrentándose con la policía. Lo que está en discusión es algo mucho más profundo: la relación entre los ciudadanos, sus expectativas de futuro y la capacidad de la política para responder a sus demandas.

Durante décadas, Europa construyó un modelo de bienestar basado en la estabilidad económica, la protección social y una promesa que parecía indiscutible: que cada generación viviría mejor que la anterior. Hoy esa certeza comienza a resquebrajarse. El costo de la vivienda, el deterioro del poder adquisitivo, las dificultades laborales de los jóvenes y la incertidumbre sobre el futuro están modificando el humor social. El problema ya no es exclusivamente económico. Es también una crisis de credibilidad institucional.

La comparación con Argentina resulta reveladora porque expone dos formas diferentes de convivir con las crisis. En Europa, buena parte de la sociedad protesta porque teme perder el bienestar conquistado; en Argentina, millones de ciudadanos resisten porque llevan décadas intentando recuperar el bienestar perdido. Para un trabajador francés, una reforma jubilatoria puede significar la pérdida de una conquista social que consideraba definitiva. Para un trabajador argentino, la incertidumbre sobre su jubilación, su salario o el valor de sus ahorros forma parte de una experiencia que se repite de generación en generación. Mientras en Europa el deterioro representa una ruptura con cierta normalidad, en nuestro país la inestabilidad terminó convirtiéndose en una normalidad difícil de aceptar, pero a la que aprendimos a adaptarnos. Y esa capacidad de adaptación, que tantas veces celebramos como una virtud nacional, también puede esconder una peligrosa resignación colectiva.

Hay otro aspecto que merece atención: la relación entre la protesta y la representación política. Francia tiene una tradición histórica de movilización ciudadana, desde los grandes movimientos sindicales hasta los chalecos amarillos de 2018 y las protestas contra la reforma jubilatoria de 2023. Argentina también conoce de movilizaciones multitudinarias, pero buena parte de ellas estuvo históricamente vinculada a organizaciones sindicales, movimientos sociales y estructuras partidarias. Sin embargo, existe una ciudadanía que no necesariamente encuentra identificación en esos espacios. Son trabajadores que cumplen horarios y no llegan a fin de mes, comerciantes que sostienen sus negocios con dificultades, profesionales cuyos ingresos pierden valor y jóvenes que, aun estudiando y trabajando, no logran independizarse. No siempre marchan, no necesariamente militan y muchas veces tampoco se sienten interpretados por quienes dicen hablar en su nombre. Su silencio no debería confundirse con satisfacción.

La distancia entre los ciudadanos y sus representantes no necesita expresarse siempre en porcentajes para hacerse evidente. Se advierte en las conversaciones cotidianas, en la desconfianza hacia los partidos y en la percepción de que muchas decisiones legislativas se discuten lejos de las urgencias de la gente. El Congreso, que debería ser uno de los principales espacios de representación y debate, enfrenta el desafío de recuperar legitimidad mediante acuerdos, transparencia y resultados. Conviene distinguir, sin embargo, el cuestionamiento a los dirigentes del rechazo a la democracia: reclamar instituciones que funcionen mejor también es una forma de defenderlas. La ciudadanía no está pidiendo menos representación, sino una representación más cercana y eficaz.

Por eso sería un error imaginar que el descontento europeo tendrá una réplica idéntica en Argentina. Nuestra historia, nuestras instituciones y nuestra cultura política son diferentes. Pero sería igualmente equivocado suponer que la ausencia de grandes protestas equivale a respaldo ciudadano. El malestar social puede manifestarse en las calles, pero también en el voto de castigo, en la abstención electoral, en el rechazo a los dirigentes tradicionales o en la búsqueda de alternativas que hasta poco tiempo antes parecían impensadas. Los argentinos hemos demostrado reiteradamente que podemos tolerar situaciones económicas muy difíciles y, al mismo tiempo, modificar de manera contundente nuestras decisiones políticas. La paciencia social no es ilimitada, y la confianza política mucho menos. Cuando una sociedad siente que el esfuerzo dejó de garantizar progreso, comienza a revisar no solamente sus expectativas económicas, sino también sus lealtades políticas.

Este escenario plantea un desafío extraordinario para la dirigencia argentina de cara a 2027. La discusión electoral no debería agotarse en nombres propios, alianzas partidarias, encuestas de imagen o estrategias publicitarias. La verdadera disputa será por la recuperación de la confianza. Y esa confianza difícilmente pueda reconstruirse con las mismas prácticas que contribuyeron a deteriorarla. Los ciudadanos necesitan respuestas sobre empleo, ingresos, educación, seguridad y oportunidades de progreso, pero también necesitan sentirse escuchados. Existe una diferencia enorme entre conocer a un dirigente y sentirse representado por él. La trayectoria, la popularidad o el manejo de una estructura política pueden facilitar una candidatura, pero no garantizan credibilidad. En una sociedad atravesada por frustraciones acumuladas, la cercanía humana, la coherencia entre lo que se promete y lo que se hace, y la capacidad de resolver problemas concretos pueden adquirir un peso electoral decisivo.

La experiencia europea debería servirnos como advertencia, pero fundamentalmente como aprendizaje. Argentina todavía tiene una fortaleza que no deberíamos subestimar: una sociedad que, a pesar de sus frustraciones, conserva una importante adhesión a la democracia y sigue buscando caminos para progresar. Allí existe una oportunidad para la política. Recuperar la representación exige abandonar la comodidad de los discursos dirigidos solamente a los convencidos, abrir espacios reales de participación, escuchar a quienes piensan diferente y demostrar con resultados que las instituciones pueden mejorar la vida cotidiana. El desencanto no tiene por qué convertirse en una crisis permanente; también puede ser el comienzo de una renovación política y social. Europa nos recuerda que ninguna conquista está garantizada para siempre. Argentina, con su historia de dificultades y reconstrucciones, tiene la posibilidad de demostrar que todavía podemos transformar la resistencia en progreso. Porque cuando la política recupera la capacidad de escuchar, la ciudadanía puede recuperar la confianza. Y cuando una sociedad vuelve a creer que su esfuerzo tiene futuro, deja de limitarse a resistir y comienza, finalmente, a construir.

Javier Furlotti

Administrador VM Multimedia

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